Hay gente que utiliza Linux.
Hay gente que administra Linux.
Hay gente que programa sobre Linux.
Y hay quienes, después de veinte años, siguen instalándolo voluntariamente cada uno o dos meses porque decidieron experimentar con algo que probablemente no necesitaban tocar.
Yo pertenezco un poco a todos esos grupos.
Y también tengo que admitir algo desde el principio:
he perdido toda mi información dos veces por culpa de Linux.
Toda.
No “se me borró una carpeta”.
No.
Toda.
Y aquí sigo.
Quizá eso explica bastante bien mi relación con este sistema operativo.
1998: Linux estaba detrás de las páginas web
Mi historia con Linux realmente comienza alrededor de 1998.
En aquella época ya programaba y trabajaba con servidores donde corrían sistemas Linux o Unix. No recuerdo con absoluta precisión si aquellos servidores eran Red Hat, CentOS o alguna combinación de tecnologías de la época, pero sí recuerdo perfectamente dónde estaba Linux:
detrás.
Detrás de las páginas web.
Detrás de los servidores.
Detrás de la terminal.
Y poco a poco empecé a meterme.
Primero mirando.
Después preguntando.
Luego escribiendo comandos.
Permisos.
FTP.
Samba.
PHP.
Perl.
Configuración de servidores.
Y muchas cosas que hoy parecen normales pero que, para alguien que venía principalmente del escritorio Windows, tenían un sabor completamente diferente.
Perl, por ejemplo.
Qué maravilla.
Venir de C y C++ y descubrir que podía hacer determinadas cosas muchísimo más rápido con Perl era una experiencia bastante particular.
Pero todavía no tenía Linux como sistema operativo de escritorio.
Eso vendría después.
2002: Mandrake y la decisión de sacar Windows 2000
Mi primera distribución instalada fue Mandrake Linux, alrededor de 2002.
Y no llegó mediante una descarga de 40 minutos ni mediante una memoria USB.
Llegó en un DVD que venía de regalo con una revista.
Creo que era Muy Computer.
Así eran las cosas.
Y tomé una decisión que hoy puede parecer normal, pero que en aquel momento para mí tenía bastante más peso:
Mandrake reemplazó a Windows 2000.
Bueno…
Primero hice lo que haría prácticamente cualquier usuario de aquella época:
dual boot.
Porque una cosa era querer experimentar y otra muy distinta era quedarse sin Windows.
Pero algo empezó a cambiar.
El famoso 80/20.
Cada vez pasaba más tiempo en Linux y menos en Windows.
Hasta que aproximadamente en 2005 dejé de necesitar tener Windows como sistema principal.

¿Por qué Linux?
Esta es probablemente la parte más importante de toda la historia.
No llegué a Linux porque alguien me dijera que era más seguro.
No llegué porque quisiera presumir de usar una distribución que nadie conocía.
Tampoco porque quisiera convertirme en un evangelista del software libre.
Llegué por algo mucho más personal.
Estaba cansado de hablar mal de mi sistema operativo.
Me pasaba la vida diciendo:
“Windows hizo esto.”
“Windows no permite aquello.”
“Windows se rompió.”
“Windows tiene un problema.”
“Esto no tiene solución.”
Y un día pensé:
soy programador.
¿Cómo demonios podía pasarme el tiempo hablando mal de la herramienta sobre la que estaba trabajando?
Necesitaba algo que pudiera tocar.
Algo que pudiera investigar.
Algo donde, aunque no pudiera solucionar absolutamente todo, pudiera al menos intentar entender qué estaba ocurriendo.
Linux me ofrecía exactamente eso.
No prometía que todo fuera fácil.
De hecho, muchas veces era todo lo contrario.
Pero había una diferencia fundamental:
podía meterme.
Podía investigar.
Podía cambiar cosas.
Podía romperlas.
Y, eventualmente, podía intentar arreglarlas.
La primera gran lección: los drivers
Y entonces llegó la realidad.
Los drivers.
Especialmente:
audio y captura de video.
Aquello era una fiesta.
Una fiesta horrible.
Compilar.
Probar.
Reiniciar.
Volver a compilar.
Congelar la máquina.
Volver a empezar.
Y repetir.
Muchas veces.
En aquella época aprendí una lección que terminó cambiando incluso mi forma de comprar hardware:
Si no es compatible con Linux, no me interesa.

Empecé a elegir hardware pensando primero en Linux.
Y recuerdo incluso páginas dedicadas específicamente a indicar qué hardware era compatible con Linux.
La compatibilidad dejó de ser una característica secundaria.
Se convirtió en un requisito.
Especialmente la captura de video analógica y digital.
Ahí Windows tenía una ventaja enorme por determinados estándares y controladores que simplemente no encontraban un equivalente igual de sencillo en Linux.
Y sí…
Eso me frustraba muchísimo.
Porque una cosa es que el sistema operativo no tenga un juego.
Otra muy distinta es que compres hardware y descubras que para hacerlo funcionar tienes que convertirte en desarrollador del kernel.

Y entonces aprendí a resolver problemas
Pero justamente ahí estaba el atractivo.
Cada problema que lograba resolver tenía una satisfacción diferente.
No era:
“Funcionó.”
Era:
“Pude con esto.”
Esa sensación fue convirtiéndose en una de las razones principales por las que nunca regresé completamente a Windows.
Una pantalla azul siempre me dejaba con la sensación de que había algo que simplemente estaba fuera de mi alcance.
Linux muchas veces me daba otra sensación:
“Bueno… algo hice mal. Ahora vamos a averiguar qué.”
No siempre encontraba la respuesta.
Pero podía buscarla.
Y eso cambió mi relación con la computadora.
KDE: Linux también podía ser bonito
Mi primera gran impresión visual fue KDE.
Y después llegó algo que parecía directamente ciencia ficción:
Compiz.

En aquellos años, girar el cubo del escritorio en una computadora Linux era todo un espectáculo.
Quemar una ventana.
Hacer que una ventana se apagara como un televisor.
Efectos de avión.
El cubo.
Todo aquello era innecesario.
Completamente innecesario.
Y precisamente por eso era maravilloso.
Recuerdo hacerlo en la oficina y ver cómo la gente reaccionaba.
Mientras todos tenían sus escritorios tradicionales, yo estaba girando literalmente el escritorio.
KDE 3.0 había salido oficialmente el 3 de abril de 2002. (KDE Community)
Y hay algo curioso si uno mira la historia desde hoy:
en marzo de ese mismo año había nacido oficialmente Arch Linux 0.1. (Arch Linux)
Yo estaba descubriendo Mandrake.
Todavía no sabía que muchos años después terminaría viviendo en Arch.
2004-2006: Linux como escape
Por aquellos años mi mundo profesional estaba profundamente metido en Windows.
ASP.
ASP.NET.
Visual Studio.
Windows.
Más Windows.
Y más Windows.
Mientras tanto, yo cada vez me sentía más cómodo en Linux.
Curiosamente, Linux empezó a convertirse en una especie de escape del estrés que me producía trabajar dentro del ecosistema Windows.
Yo programaba para la web.
Y mientras muchos compañeros estaban obsesionados con aplicaciones nativas de Windows, yo cada vez me encontraba más cómodo pensando en servidores, navegadores, HTTP, PHP, bases de datos y sistemas Unix/Linux.
En ese momento me sentía un poco como el raro.
Todos hablaban de “su cosa esa” de Visual Studio que hacía aplicaciones nativas para Windows.
Yo seguía mirando hacia la web.
Y hoy resulta curioso mirar hacia atrás.
Las aplicaciones nativas de escritorio de Windows dejaron de ser el centro del universo.
La web terminó siendo prácticamente omnipresente.
Y yo seguía ahí.
Quizá no fue supervivencia.
Quizá simplemente fue instinto.
2006: Linux entra oficialmente a la oficina
En 2006 ocurrió algo que para mí fue bastante importante.
Trabajaba en una empresa grande donde el estándar era Windows.
Pero conseguí poner Linux como sistema base en mi PC de la oficina.
No abandoné completamente el ecosistema Microsoft.
Simplemente cambié quién mandaba en mi computadora.
Mi PC corría Linux.
Y cuando necesitaba SQL Server, hacía Remote Desktop al servidor Windows.
Y listo.
No necesitaba que todo fuera Linux.
Necesitaba que mi computadora fuera mía.
Esa distinción terminaría acompañándome durante muchos años.
No me convertí en enemigo de Windows
Esto es algo que con los años se ha vuelto todavía más claro.
Nunca he estado en una guerra contra Windows.
De hecho, siempre me ha parecido un enorme aporte a la informática.
Simplemente no es mi camino.
Hay una frase de Steve Jobs que siempre me ha gustado:
“Que nosotros ganemos no significa que Microsoft tenga que perder.”

Y esa idea resume bastante bien mi relación con Windows.
Que yo prefiera Linux no significa que Windows tenga que desaparecer.
Y que siga trabajando con .NET tampoco significa que Linux haya perdido.
Mi relación con Microsoft terminó siendo bastante peculiar:
utilizo tecnología Microsoft desde Linux.
.NET.
.NET Core.
Visual Studio Code.
SQL Server.
Máquinas virtuales con Windows.
Y no veo ninguna contradicción.
.NET es una herramienta.
Windows es otra.
Linux es otra.
Yo elijo dónde quiero trabajar.
El distro-hopping
Y entonces empezó otra etapa:
probar distribuciones.
Muchas.
Demasiadas.
Mandrake.
Mandriva.
Red Hat.
CentOS.
Fedora.
Ubuntu.
Kubuntu y otros sabores.
Mint.
Zorin.
Elementary.
Deepin.
Pop!_OS.
Manjaro.
AlmaLinux.
Puppy.
OpenSolaris.
Ubuntu Touch.





Y seguramente algunas más que mi memoria ya decidió eliminar.
En 2010 incluso probé Puppy Linux 5.0, conocido como Lucid Puppy.
Era una auténtica locura.
Una distribución diminuta, rápida y pensada para hardware limitado. La versión 5.0 tenía una ISO de aproximadamente 128 MB y utilizaba paquetes de Ubuntu 10.04. (Linux Journal)
Para alguien que llevaba años usando Linux, aquello era otra demostración de una de las cosas que más me gustaban del ecosistema:
Linux podía convertirse prácticamente en lo que necesitabas.
No existía una única forma correcta de usarlo.

Con tvTime, por ejemplo, podía ver la televisión local por señal abierta — canales locales en vivo, sin necesidad de internet. Nada de streaming ni cables de pago: la señal llegaba por aire y Linux la convertía en televisión en mi escritorio. Lo usaba a diario.
Y si quería jugar, también había de dónde agarrar.
Clone Hero y Frets on Fire eran mis juegos de guitarra. Y aquí viene la parte que más me gusta de esta historia: configurar mi guitarra de Guitar Hero para que funcionara en Linux. Porque el juego era lo fácil — la batalla era lograr que Linux reconociera la guitarra como controlador y que los botones, el strum y el whammy respondieran como debían. Drivers, mapeos, calibración… otra vez la vieja lección de los drivers, pero esta vez para algo divertido.




Y con Ubuntu Touch me pasó algo parecido a lo que me pasaba con las distribuciones: nunca me limité a lo que venía en la caja. Si existía, había que probarlo. Si la caja decía “escritorio”, yo quería ver qué pasaba en una tablet. Si decía “tablet”, quería saber si servía como servidor. La caja nunca fue el límite — era solo el punto de partida.

¿Qué buscaba en cada distribución?
No buscaba ser más “Linuxero”.
Buscaba una cosa mucho más sencilla:
estabilidad para mi hardware.
El resto eran problemas de software.
Y los problemas de software sabía que podía investigarlos.
Pero si el hardware no funcionaba bien, ahí la historia podía ser completamente diferente.
Por eso fui pasando por diferentes distribuciones.
Cada una resolvía alguna cosa.
Cada una tenía sus ventajas.
Cada una tenía sus peculiaridades.
Y eventualmente llegué a Ubuntu.
Ubuntu me gustó por una razón muy sencilla:
la comunidad.
Había blogs.
Tutoriales.
Foros.
Documentación.
Gente que ya había tenido exactamente el mismo problema que yo.
Era una época en la que buscar:
“Ubuntu problema X”
podía llevarte directamente a una solución escrita por alguien que había pasado por lo mismo.
Eso tenía muchísimo valor.
Hasta que Ubuntu dejó de ser suficiente
Y aquí apareció uno de esos momentos que parecen pequeños pero terminan cambiando una trayectoria.
Tuve problemas con VirtualBox.
Un bug de instalación.
Opciones que no aparecían.
Una serie de pequeñas cosas que terminaron haciéndome pensar:
“Esto debería funcionar.”
Probé Manjaro.
Y funcionó.
Bendito Manjaro.


Pero Manjaro terminó siendo algo más importante que una distribución que me resolvió un problema.
Fue mi puente hacia Arch.
Manjaro me llevó a Arch
En algún momento me di cuenta de que seguir probando derivadas de Arch ya no tenía demasiado sentido.
Si quería control…
¿Por qué no ir directamente a Arch?
Y ahí llegué.
Arch: finalmente encontré el control
Llevo aproximadamente tres años utilizando Arch como sistema principal.
Y por primera vez en mucho tiempo dejé de preguntarme:
“¿Qué distribución debería probar después?”
Porque ya no estaba buscando otra distribución.
Había encontrado lo que quería.
Control.
Sé qué paquetes tengo.
Sé qué cosas instalé.
Sé qué está ejecutándose.
Sé dónde buscar cuando algo falla.
Sé por qué un archivo está en determinado lugar.
Sé qué hardware tengo.
Y Arch te obliga a saberlo.
No necesariamente porque quiera castigarte.
Simplemente porque no intenta esconderte demasiado las cosas.
La personalización también juega un papel enorme.
Y el AUR, utilizado con criterio y responsabilidad, puede ser una herramienta brutal.
Pero para mí lo importante no es tener 1,500 paquetes instalados.
Lo importante es saber:
por qué están ahí.

De KDE y GNOME a Hyprland
Durante años también tuve otra batalla:
KDE contra GNOME.


Y luego descubrí Hyprland.
Y posteriormente Caelestia sobre Quickshell.
Ahí sentí algo diferente.
No solamente estaba personalizando el escritorio.
Estaba construyendo el entorno en el que quería trabajar.
Mi Linux actual se parece muy poco al Linux que instalé en 2002.
Y eso me encanta.
Hoy mi escritorio es:
- Arch Linux.
- Hyprland.
- Caelestia/Quickshell.
- Wayland.
- fish.
- kitty.
- Firefox y Brave.
- VS Code.
- VMware con Windows 11 LTSC.
- Python.
- .NET.
- SQL.
- Docker y servicios.
- n8n.
- automatizaciones.
- agentes de IA.
- tvTime (TV por señal abierta, canales locales en vivo).
Y sí…
también Steam.
Porque después de veinte años de Linux hay una batalla que todavía puede hacerme perder la paciencia:
que no pueda jugar algo.
😂
Mi Linux en 2026
Mi máquina actual ya no se parece en absolutamente nada a aquella Pentium de los primeros años.
Actualmente estoy utilizando:
Arch Linux x86_64
Linux 7.1.5-arch1-2
Hyprland 0.56.2
Wayland
fish 4.8.1
kitty 0.48.2
AMD Ryzen 7 5800X
AMD Radeon RX 6600
128 GB RAM
Firefox
Brave
VS Code
VMware
Windows 11 LTSC
Steam
Plex
VLC
tvTime
Y tengo alrededor de 1,500 paquetes gestionados mediante pacman.
Eso, por sí solo, ya sería una locura para aquel tipo que en 2002 estaba metiendo un DVD de Mandrake en una Pentium.
Pero hay algo todavía más difícil de explicar.
Los agentes de IA.
Claude.
Codex.
DeepSeek.
MiniMax.
Command Code.
OpenCode.
Kimchi.
FreeBuff.
Whale.
Orca.
Herdr.
Reasonix.
Ideogram.
Gemini/Antigravity.
Y varias otras herramientas que van apareciendo a una velocidad absurda.
Mucho de esto está montado alrededor de mis propios servidores y servicios.
Y ahí tengo otra pieza de mi ecosistema:
una Mac mini de 2009.
La Mac mini que se niega a morir
Esa máquina merece una mención.

Porque mientras todos hablamos de hardware moderno, tengo una Mac mini de 2009 que sigue trabajando.
Tiene:
- Arch Linux como sistema base.
- Plex.
- Apache.
- MySQL.
- Node.
- Mi capa para UptimeRobot.
- OmniRoute.
- Free Claude Code.
- Pi-hole.
Y sigue ahí.
Funcionando.
Una máquina de 2009.
No porque quiera demostrar que el hardware viejo es mejor.
Simplemente porque mientras siga resolviendo el problema que necesito resolver…
¿para qué la voy a tirar?
Y entonces llegó la IA
Si pudiera regresar a 2006 y enseñarle mi escritorio actual a aquel Víctor que acababa de conseguir Linux como sistema base en una oficina donde todo era Windows, probablemente habría dos cosas que le volarían la cabeza:
Caelestia.
Y los agentes de IA.
Pero quizá lo más interesante no es la tecnología.
Es la evolución de la idea.
En 2002 quería poder solucionar mis propios problemas.
En 2026 tengo agentes que pueden ayudarme a solucionarlos.
La diferencia es gigantesca.
Pero el principio sigue siendo exactamente el mismo:
quiero entender qué está pasando.
Dos veces perdí absolutamente todo
No todo fue maravilloso.
En mis primeros años con Linux perdí información.
Dos veces.
Toda.
Y no había papelera de reciclaje mágica.
No había que llorar.
No había a quién reclamarle.
Había que aprender.
Y probablemente esa sea una de las mejores formas de aprender informática:
perdiendo algo que no querías perder.
Hoy sigo reinstalando Linux voluntariamente.
A veces cada uno o dos meses.
¿Por qué?
Porque soy controlador.
Y porque también soy curioso.
Entonces llega un momento en que pienso:
“¿Qué pasa si hago esto?”
Y lo hago.
Luego:
“Ah.”
Y eventualmente recuerdo:
“Espera… yo soy controlador.”
😂
Así que reinstalo.
Configuro.
Ordeno.
Vuelvo a construir.
Y sigo.
Linux me enseñó a estar fuera de la corriente
Creo que esta es probablemente la mayor enseñanza que me ha dejado Linux después de veinte años.
Linux me enseñó a:
- Resolver problemas.
- Investigar antes de preguntar.
- No aceptar que algo “simplemente funciona así”.
- Leer documentación.
- Entender lo que estoy utilizando.
- Y, sobre todo, aprender a estar fuera de la corriente.
Durante mucho tiempo me sentí raro.
Mis amigos utilizaban Windows.
Mis compañeros utilizaban Windows.
Las empresas utilizaban Windows.
La mayoría de los usuarios utilizaban Windows.
Y yo estaba haciendo otra cosa.
Durante años pensé que eso era una desventaja.
Hoy pienso exactamente lo contrario.
Linux me permitió sentirme diferente sin sentirme culpable por serlo.
No necesitaba demostrar que Linux era mejor.
No necesitaba convencer a nadie.
Si alguien quería Windows, perfecto.
Si alguien quería Ubuntu, perfecto.
Si alguien quería Fedora, perfecto.
Si alguien quería Arch, perfecto.
No existe una medalla por instalar más distribuciones.
No he probado todas las distribuciones
Y no pienso hacerlo.
He usado muchas.
Pero hay cientos que nunca he instalado.
Y eso está bien.
Linux no es un checklist.
No tienes que probar Debian para ser un buen usuario de Linux.
No tienes que usar Arch para ser un administrador.
No tienes que compilar Gentoo para demostrar conocimiento.
No tienes que utilizar una distribución minimalista para tener credenciales.
Y tampoco tienes que abandonar Windows para demostrar que utilizas Linux.
La experiencia tampoco se mide por cuántas distribuciones has instalado.
Se mide por cuántos problemas reales has resuelto con ellas.
Puedes ser un usuario avanzado durante años y descubrir nuevas capas cuando entras a entornos profesionales.
Y también puedes administrar servidores durante años y terminar peleándote con un driver WiFi en tu portátil.
Eso también es Linux.
Después de veinte años, sigo aprendiendo
Lo curioso es que después de veinte años sigo teniendo problemas.
Sigo buscando documentación.
Sigo rompiendo cosas.
Sigo reinstalando.
Sigo experimentando.
Sigo encontrando herramientas nuevas.
Y sigo teniendo momentos de:
“¿Por qué demonios no funciona esto?”
La diferencia es que ahora no me asusta tanto.
Porque aprendí algo muy importante:
la mayoría de los problemas tienen una explicación.
Y si tienen una explicación, probablemente puedo encontrarla.
Linux nunca fue una religión
Nunca entendí demasiado la necesidad de convertir los sistemas operativos en equipos de fútbol.
Linux contra Windows.
KDE contra GNOME.
Arch contra Debian.
Vim contra Emacs.
NVIDIA contra AMD.
Al final del día…
es software.
Son herramientas.
Que Linux sea mi camino no significa que tenga que ser el camino de todos.
Y que Microsoft tenga excelentes tecnologías no significa que yo tenga que utilizar Windows como sistema principal.
Puedo utilizar .NET.
Puedo utilizar SQL Server.
Puedo utilizar VMware.
Puedo ejecutar Windows cuando lo necesito.
Y seguir teniendo Arch como mi sistema.
No hay contradicción.
De Mandrake a Arch
Cuando pienso en aquel muchacho que instaló Mandrake desde un DVD de revista en una Pentium, hay algo que me causa gracia.
Aquel tipo no sabía que estaba empezando un viaje de veinte años.
No sabía que iba a:
- perder información;
- compilar drivers;
- congelar máquinas;
- pelear con tarjetas de captura;
- personalizar GRUB;
- administrar servidores;
- instalar PHP;
- aprender Perl;
- trabajar con Samba;
- vivir entre Linux y Windows;
- utilizar .NET durante décadas;
- probar Ubuntu;
- probar Fedora;
- pasar por Mint, Zorin, Elementary, Deepin, Pop!_OS y muchas otras;
- descubrir Puppy Linux;
- llegar a Manjaro;
- terminar en Arch;
- pasar de KDE a GNOME;
- terminar en Hyprland;
- personalizar Quickshell;
- montar servidores;
- automatizar WhatsApp;
- trabajar con IA;
- y terminar utilizando agentes inteligentes desde un escritorio Linux.
Mucho menos sabía que algún día tendría una máquina con 128 GB de RAM y se preocuparía porque VMware dejó de funcionar después de una actualización del kernel.
😂
Porque algunas cosas cambian.
Y otras no.
VMware: porque Linux también sabe cobrarse venganza
Y sí.
Arch también rompe cosas.
Mi clásico reciente:
VMware.
Actualización del kernel.
VMware deja de funcionar.
Buscar versiones anteriores.
Parchear.
Revisar módulos.
Volver a intentarlo.
Y pensar:
“Esto ya lo viví.”
Claro que lo viví.
Llevo veinte años viviendo estas cosas.
Lo que Linux realmente me dio
No fue una colección de comandos.
No fue saber utilizar pacman.
No fue aprender Bash.
No fue poder instalar un servidor.
No fue conocer cientos de distribuciones.
Fue algo mucho más importante:
la confianza de que puedo aprender lo que todavía no sé.
Eso es muy diferente.
No necesito conocer la respuesta.
Necesito saber cómo buscarla.
No necesito saber cómo funciona algo.
Necesito estar dispuesto a abrirlo y descubrirlo.
No necesito que alguien me diga cuál es la distribución correcta.
Necesito saber cuál resuelve mi problema.
Y quizá por eso después de veinte años sigo aquí.
¿Y qué le diría al Víctor de 2002?
Si pudiera sentarme cinco minutos con aquel cabrón que estaba a punto de sustituir Windows 2000 por Mandrake, probablemente no le explicaría nada sobre Linux.
No le hablaría de Arch.
Ni de Hyprland.
Ni de agentes de IA.
Ni de servidores.
Ni de .NET.
Le diría solamente:
confía en tu instinto.
Aunque todos los demás vayan hacia otro lado.
Aunque durante un tiempo seas el raro.
Aunque algo no funcione.
Aunque tengas que reinstalar.
Aunque pierdas información.
Aunque te digan que estás complicándote la vida.
Aunque la corriente vaya en dirección contraria.
Confía en tu instinto.
Veinte años después
Linux cambió muchísimo.
Yo también.
La tecnología cambió.
Las computadoras cambiaron.
Los servidores cambiaron.
La web cambió.
.NET cambió.
Microsoft cambió.
Linux cambió.
Y ahora estamos entrando en una etapa donde incluso el concepto de programar está cambiando con los agentes de IA.
Pero hay algo que permanece.
La necesidad de entender.
La curiosidad.
La posibilidad de abrir la caja y mirar qué hay dentro.
Eso es lo que sigo encontrando en Linux.
Quizá por eso sigo aquí.
No porque Linux sea perfecto.
No lo es.
No porque sea mejor para absolutamente todo.
No lo es.
Y tampoco porque quiera demostrar que sé más que alguien que utiliza Windows, macOS, Ubuntu, Fedora o cualquier otra cosa.
No.
Sigo aquí porque Linux se parece mucho a mi manera de pensar.
Se nutre todos los días del conocimiento del mundo.
Alguien tiene un problema.
Lo resuelve.
Lo documenta.
Otro encuentra esa solución.
La mejora.
Otro la modifica.
Otro la rompe.
Otro la arregla.
Y así continúa.
No hay una receta definitiva.
Hay conocimiento acumulándose.
Y quizá esa sea la mejor metáfora que puedo encontrar después de veinte años:
al final no se trata de quién tiene la receta del pastel.
Se trata de a quién le queda más rico.
Y después de veinte años…
sigo cocinando.
🐧
